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Enrique Haro Belchez

Salvemos los objetivos de desarrollo sostenible

2021-10-16 | 09:01 a.m.
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Tras la pandemia, la aplicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se ve más obstaculizada que nunca. Una nueva visión, menos económica y más socioambiental, podría rescatar la Agenda 2030 y el que “nadie quede atrás”.

La Agenda 2030 es un instrumento para la lucha a favor del desarrollo humano sostenible en todo el planeta y para ello define 17 objetivos, que incluyen temáticas clásicas de las agendas de desarrollo, tales como pobreza, hambre, desigualdad, etc., pero también otras (agua y saneamiento, crecimiento económico, infraestructuras, cambio climático, energía, biodiversidad, género, etc.), más relacionadas con el medioambiente.

Después de seis años de la aprobación de la Agenda 2030 y de los 17 ODS y a nueve años, por lo tanto, de su fecha de expiración, los motivos para el optimismo parecen escasos. La pandemia ha sacudido con enorme virulencia un contexto global ya caracterizado por niveles de desigualdad, precariedad y vulnerabilidad extraordinarios. No hace falta abundar en datos para suponer que muchos de los ODS planteados en septiembre de 2015 enfrentan hoy una realidad mucho peor que antes de la pandemia.

Asumir este pesimismo supone poner en valor lo que ha significado en este tiempo el despliegue de la Agenda 2030 en al menos dos aspectos principales. Primero, los ODS siguen siendo parte de un tema global que reconoce una serie de problemas compartidos, la esencia de la Agenda 2030 reconoce las contradicciones de un sistema económico y de una gobernanza global que ha beneficiado a los países occidentales y que ha generado efectos sociales y medioambientales para el conjunto del planeta.

Segundo, en estos seis años, estos propósitos han demostrado tener una capacidad institucional como nunca antes otra agenda global había tenido. Universidades, ONG y empresas, se han apropiado de ella. Este hecho supone un gran logro hacia una gobernanza multinivel y de multiactores.

Pero estos seis años ponen de relieve dos déficits preocupantes. El primero tiene que ver con su financiación y su dependencia de una estrategia basada en el crecimiento económico, en una coyuntura de crisis social y económica como la actual es de esperar que los recursos destinados para los objetivos queden relegados por otras prioridades. Por lo que se debe apostar por considerar el desarrollo social y medioambiental y no el crecimiento económico como el criterio principal que guíe la estrategia de los ODS.

El segundo déficit es la falta de rendición de cuentas. Multitud de actores han hecho suyos los 17 ODS, sin embargo, no está siendo acompañado de un ejercicio que mida de forma efectiva los avances con respecto a cada uno de los objetivos, poniendo en peligro la legitimidad de cualquier compromiso con la puesta en práctica de la Agenda.

Somos hoy más conscientes de la interdependencia de lo que nos afecta (“o nos salvamos todos o no se salvará nadie”) y del sentido de comunidad global que debe llevarnos a instrumentos políticos más ambiciosos y vinculantes. Tenemos también más evidencias y menos excusas para situar la lucha contra la crisis climática y la inequidad en el centro de cualquier estrategia, el horizonte 2030 no es para nada simbólico sino la frontera temporal que puede transformar los retos globales o bien para quedar en la deriva e ir a ninguna parte.

#CambiaUnaAcciónCambiaTodo.

 

 

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