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Danzón



¡Taracataca ta tán, ta ta tán, taracataca ta ta tán!, suena en la imaginaria el sonido de los timbales y los metales de la danzonera, esa agrupación musical donde podemos encontrar, casi siempre, un contrabajo de tres cuerdas, flauta, violín, timbales, clarinete; toda una gama de sonidos para motivar a los bailadores al ejercicio de esa danza de parejas entrelazadas.

Su origen es cubano aunque reconoce, faltaba más influencias europeas; hacia el siglo XVII, en tierras que luego serán del Brexit, se practicaba el country dance baile de figuras y cuadros colectivos; el cubano Miguel Faílde replanteó esa idea y el baile de figuras que dirigía Miguel Simpson evolucionó musicalmente hablando hasta que el danzón adquirió carta de nacionalidad en Cuba y de ahí se exportó a no pocos países.

El puerto de Veracruz, tan parecido a La Habana vieja –cualesquier cosa que tal parecido signifique— hizo suyo este baile y pronto le dio carta de naturalización y más de una danzonera famosa nació y se consolidó aquí, en Veracruz, en el alguna vez llamado manicomio con vista al mar: ¡Oye loco, qiúhubo loco, qué pasa loco! ¡ga’tumadre loco!, a ritmo del danzón y sus acordes vertidos en el viejo salón de cristales de Villa del Mar, la plaza de armas y entre las partes alta y baja de un entrada en el viejo Parque Deportivo Veracruzano, ese enorme y céntrico terreno que hoy llaman, con razón o sin ella, Parque Ecológico, ahí muy cerca de la Torre Pediátrica, en cuya construcción se invirtió tiempo –muchísimo--. Dinero –a raudales, sin medida ni llenadera— y a la que casi tiran un par de huracanes. Sí, la misma torre donde hoy, al menos diez niños, dicen los que saben, cursan –es de desearse que con bien salgan— los estragos de la peste neosecular.

Danzón es también una película, con María Rojo, dirigida por María Novaro y donde la imagen de Veracruz está presente.

Al igual que el tango, el danzón fue tildado de baile cargado de, lascivia canallesca y las más animales actitudes, era la barbarie erótica, generadora de quién sabe qué irresponsables acciones postbaile o durante el baile mismo… ¡Pero qué horror, qué escándalo, cuánta podredumbre!, dijeron acaso y alguna vez las damas de la vela perpetua.

Al igual que el tango, el danzón dejó de ser sino de pecado y el baile y la música se popularizaron al grado tal que ambos ritmos gozan de cabal y envidiable salud.

No hay veracruzano que no lo haya intentado bailar alguna vez y no hay cadera más cadenciosa que la de la veracruzana por cuanto al danzón se refiere.

Es viernes pues, viernes de danzón y con la música de la danzonera Alma de Sotavento esta columna le invita a #QuedarseEnCasa y disfrutar de una buena sesión musical…

¡Taracataca ta tán, ta ta tán, taracataca ta ta tán!, danzón, esa música que no morirá mientras un porteño quede en pie sobre ésta, otra o cualquier tierra.

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