Sucedió en Veracruz... Parte II
Por sus anécdotas los conoceréis

Según los expertos, una anécdota es un “detalle o suceso accidental y de escasa importancia”. En ocasiones, busca entretener y hasta divertir.

Además, se dice que la anécdota está más cerca de la parábola que de la fábula y se subraya que no es una metáfora, ni tiene una moraleja.

Por la forma accidental en que surgen, las anécdotas suelen parecer absurdas; incluso, impactan al momento… pero van perdiendo importancia con el paso del tiempo.

La mayoría de las veces -como el caso de los chistes- la “gracia” de una anécdota no está en sí misma, sino en la forma en que se cuenta.

La reflexión aquí es: ¿cuántos miles o millones de anécdotas se pierden, porque nadie tiene la curiosidad de llevarlas al papel?

Una de Gutiérrez Barrios

Esta me la contó Antonio Saracho Zapata (qepd), exdirector de Serpover (organismo que manejó los servicios portuarios de Veracruz): “Tuve la fortuna de cursar mi primaria en la escuela Cantonal de esta ciudad, en el mismo año que un delgado muchachito de nombre Fernando Gutiérrez Barrios (qepd). 

Como se veía tan débil, alumnos más grandes que él, solían provocarlo para que peleara con ellos. Como éramos muy amigos, me di cuenta de la situación y, sin que él me lo pidiera, me convertí en su ´guardaespaldas´. 

Yo era más robusto, además de que no era malo boxeando. A partir de mi intervención, nadie más se atrevió a molestarlo. Como era lógico, este hecho reforzó nuestra amistad, la cual duró para toda la vida”. 

Doble festejo

Hace tiempo, una señora -desconocida para mí- me contrató para presentar a su hija en sus 15 años. 

Acepté con gusto. Llegué puntual al lujoso salón. Todo transcurrió sin ningún incidente y tanto la mamá como la festejada quedaron satisfechas con la presentación. Media semana después, me habla un señor -también desconocido- para solicitar el mismo servicio y no tuve ningún inconveniente en aceptar. 

Cuando me dieron los datos, no observé nada extraño, pero en el momento en que la quinceañera entró al salón, mi sorpresa fue que era la misma jovencita de 8 días antes, con otro hermoso vestido.  

Cabe hacer la aclaración que la fiesta también fue de gran lujo. Cuando el papá se acercó a mí para cubrir mis honorarios y darme las gracias, le comenté mi asombro y me explicó que tenía varios años separado de la mamá de la festejada: “Y si ella le hizo una gran fiesta ¡yo no podía quedarme atrás!”. 

¡Pidan la que quieran!

En diversas ocasiones, en eventos artísticos, presenté al carismático cantante Manolo Muñoz (qepd). 

En cuanto salía al público y yo le cedía el micrófono, el público aplaudía su presencia con entusiasmo y él preguntaba, ¿cuál quieren que les cante? 

Las respuestas eran inmediatas: Llamarada, Juanita Banana, Speedy González, Despeinada, El Acapulco Rock, etcétera. 

Después de animar a todos, él decía: “¡Ustedes pidan la que quieran… que yo voy a cantar las que yo quiera! Como era obvio, los asistentes reían por la broma. (Imagino esta frase en labios de un político: “Ustedes pidan lo que quieran… que yo les voy a dar lo que yo quiero”). 

Por cierto -hablando de anécdotas- la canción más famosa de Manolo, y que nunca grabó, fue con la que cerraba sus shows: el tango de su autoría “El perro cabrón”.  

¡Vas a enfriar a Veracruz!

Trabajando para el empresario veracruzano,  ingeniero Alfonso Gutiérrez de Velasco Oliver (qepd), recuerdo que en mi oficina había una pequeña ventana que daba al exterior del inmueble y no faltaba alguien que me fuera hablar a través de ella… y a mí se me olvidaba cerrarla, provocando que el aire del clima artificial se fugara por allí. Llegaba don Alfonso, dueño de un humorismo y un ingenio a flor de labios, y me decía: “Héctor, mejor cierra tu ventanilla, no sea que vayas a enfriar  a Veracruz”.

Sabía demasiado

Trabajando para un periódico local (que ya no existe), ubicado en la avenida Zaragoza, una tarde, en la parte exterior, me puse a platicar con el reportero de policía -de apellido Wong-, en eso, escuchamos varios balazos y de inmediato el tráfico se detuvo. 

El instinto reporteril de mi amigo le provocó salir disparado hacia el escenario de los hechos, y ahí voy, tras él. 

¿Qué encontramos en la esquina de Zaragoza y Zamora: el auto del jefe de la policía incrustado en un poste, Donato Meza, a quien acababan de matar dos individuos que iban en una moto. 

Por el trato cotidiano que Wong tenía con él, lo consideraba su amigo, al verlo así, se puso llorar.  Meza, quien venía solo, estaba reclinado sobre su costado derecho, sangrando y con una pistola calibre 45 en la mano (que ya no le dio tiempo de usar para defenderse). 

Al día siguiente, mi compañero, además de la crónica del suceso, escribió en su columna: “A Donato lo mataron porque sabía demasiado”… y la frase se hizo famosa y, como suele suceder en este país, nunca atraparon a los asesinos. 

Hecho en Veracruz

Fui  maestro de ceremonias de una convención  de Motorola  -negocio dedicado  a la venta de aparatos móviles de comunicación-; como era un evento importante, el invitado especial era el presidente internacional de dicha empresa. 

Quien me contrató me dijo que “inventara” algo que demostrara el ingenio jarocho. En la tribuna del orador escondí un vaso de cristal y una cuchara y abrí el evento, dirigiéndome a la máxima autoridad: “Mister X (imposible recordar su nombre): está usted en la ciudad donde hemos inventado un instrumento de comunicación que no necesita de palabras; es mucho más económico que los que ustedes venden; no requiere de baterías; carece de bocina; no utiliza antena y es más ligero que los radios Motorola”. 

Con cada palabra mía el norteamericano -a quien tenía a 5 metros de distancia- abría más los ojos… De inmediato, puse el vaso sobre la  tribuna, saqué la cuchara y comencé a golpear el cristal, al tiempo que dije: “Con esto basta para que aparezca un mesero y me sirvan  un rico café”….

En eso, como lo había planeado, se me acercó un mesero -con el cual ya estaba puesto de acuerdo- y, frente a todos me sirvió un humeante café,  al tiempo que expresé: 

“Como usted verá señor, este instrumento funciona”. Los 300 asistentes comenzaron a reír y a aplaudir, incluyendo al Mister. 

 El Papa me hizo llorar

Hace 27 años, Juan Pablo II visitó Veracruz. Me correspondió cubrir el evento para un grupo de radiodifusoras de Xalapa y Huatusco; 15 días antes comencé a leer sobre su vida y a sacar apuntes.  

Instalados en el segundo piso de un hotel, ubicado frente al malecón, comenzamos a trasmitir una hora antes de que llegara su avión. Lo que significa que antes de tener enfrente al Papamóvil, yo llevaba  más de hora y media hablando del Pontífice. 

La crónica completa fue posible gracias a que la televisión cubrió el recorrido del Heriberto Jara al Malecón. Conociendo el trayecto que seguiría, me fue fácil ir traduciendo lo visual de la televisión a lo oral de la radio. Pero, cuando lo tuve a unos metros de distancia y que coincidió que envió una bendición en dirección nuestra, fue tal la emoción al describir ese momento que me ganó un llanto incontenible... que le imprimió a la narración una mayor emotividad. 

¡Qué lástima que el Papa estaba tan ocupado, que no escuchó la transmisión! 

Discurso inesperado

Esto sucedió la época en que el licenciado Juan Maldonado Pereda (qepd) estaba en campaña para la alcaldía de Veracruz. 

Era 7 de junio, Día de la libertad de prensa y por tal motivo él ofreció un desayuno a los periodistas locales.  

Caminando  por el zócalo, encontré a un colega que iba al desayuno… al cual yo no estaba invitado. Pero mi amigo insistió y ahí voy tras él al Hotel Diligencias. 

Me encontraba apenas tomando café cuando se me acercó un reportero y me pidió que agradeciera el evento a nombre de los invitados. 

Estas fueron algunas de las muchas barbaridades que dije: “Señor Maldonado Pereda, conste que nadie me invitó a este desayuno y, lo peor es que con este discurso lo estoy pagando antes de que me lo sirvan. Pensé que usted pretendía homenajear a los comunicadores de Veracruz, pero ahora me doy cuenta de que esto no es más que un mitin a su favor, disfrazado de homenaje”. 

No solo el candidato sino todos los colegas comenzaron a verme feo, lo que me obligó a acortar mi discurso, con la obligada frase: “Licenciado, a nombre de quienes trabajamos en la prensa local, gracias por su invitación”. 

Silencio absoluto. Nadie aplaudió… ¡Trágame tierra!  En lugar de sentarme a desayunar, hice como que iba al baño y salí corriendo. 

Pensé que Maldonado me iba a odiar de por vida. No. Era un político inteligente, además de culto y magnífico orador. A la siguiente semana me contrataron para ser el maestro de ceremonias de su campaña.

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