Los juegos del hambre
Hemos llegado, me dije, a lo juegos del hambre...

Estaba decentemente tratando de escribir un texto muy oficial, consultando mis viejos códigos, que se han quedado obsoletos y ob-solitos, por culpa de los vagabundos vividores que tenemos, esos a los que les dicen di-puta-dos y cena-dores, que se gastan mis impuestos en cafecito y cosas peores, que no digo, porque soy una niña decente y esas cosas no se dicen, nomas se mientan, de vez en cuando, caraxo...

Estaba, digo, aplicadísima al asunto cuando sonó el timbre, “ringggggg”, lo cual significa que el individuo que tocaba estaba desesperado... Pegué un salto hasta la lámpara, que no está muy alta pero si peligrosa, porque a media mañana no esperaba a nadie, había pagado religiosamente mis impuestos, mi Petrushka había terminado sus labores, (y además, tiene llave), y ya habíamos hecho las compras y a los de la basura, el gas, el velador, el policía, el cartero, el repartidor de periódico y otros individuos que me exprimen cada semana, no les tocaba darme lata...

Me resigné a salir a ver al culpable...

- Perdón, señora, perdón...

- ¿Perdón de qué?, pensé muy inteligentemente...

Luego luego me dí cuenta del asunto, que tan bruta no soy... 

El presunto era un hombre de baja estatura, cabello y bigotes canos y sin peinar o más bien, peinados al estilo “vientos del noroeste”, moreno y enjuto, con un pantalón de dril gris y una camisa que fue azul en los tiempos de María Castaña, apoyado en una muleta hechiza, es decir, un palo de escoba, (pero vieja), con una cruceta clavada al Dios dirá, donde apoyaba el brazo izquierdo. Su pierna izquierda terminaba a la altura de la rodilla...

- Perdón, señora, perdón...

No le permití seguir, entré a casa a buscar el monedero, más bien escuálido, para darle unas monedas que de ninguna forma lo ayudarán, porque no le alcanzarían más que para un kilo de tortillas o una coca o una picada veracruzana, o, quizá, para una cerveza, no lo sé, no quiero saber, porque también soy cobarde...

Me acerqué al portón y deslicé las monedas en su mano...

- Gracias, señora, perdón, cuídese mucho, que viene un norte muy fuerte con rachas de ochenta kilómetros, se cuida por favor, que también hará frío y muchas gracias, perdón, señora, perdón...

Me miraba con ojos de impotencia...

Me quedé pegada al portón, mirando como caminaba dificultosamente, arrastrando su muleta, sus 70 años de pobreza, su angustia de toda la vida, su vergüenza por pedir limosna, su desesperanza de hasta nunca....

Allí me quedé, enfurecida y con los ojos arrasados, pensando en los maravillosos programas contra la pobreza, los regalitos de casas a las madres, el seguro popular, (que pagamos usted y yo con nuestros impuestos), el desabasto de medicinas, la madre que parió en el baño del hospital, los viejos abandonados en el asilo y en la calle...

Allí me quedé...

Hemos llegado, me dije, a lo juegos del hambre. Ni siquiera hay que pedir voluntarios porque millones de mexicanos, involuntariamente, juegan todos los días los juegos del hambre. ¿Quién fue este viejo, que hizo, dónde perdió la pierna?.. ¿Qué hospital no lo atendió, que sociedad permitió que salga a la calle arrastrando su vergüenza para pedir limosna?... ¿Qué carajos hice yo para impedirlo?...  

Y el maldito timbre me destrozó la mañana...

¿tu reacción?

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