Gabriela Mistral
Agencias
En la opinión de Quillo

El 10 de enero de 1957, en la ciudad de Nueva York, falleció la poeta, diplomática y pedagoga chilena Gabriela Mistral. Cuyo verdadero nombre era Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. 

Se dice que utilizó el nombre de Gabriela Mistral por primera vez para firmar el poema “Del pasado”, publicado en el diario “El Coquimbo” en 1908. La  excelente maestra Lucila Morse, muy amiga de la familia, me dice: “Quillo, te anexo que Gabriela Mistral tomó ese apellido, por los vientos del sur llamados Mistrales; además era franciscana, de la tercera orden (OFS). Saludos”. Muchas gracias maestra Morse.  

La señora Mistral era de origen humilde, se desempeñó como profesora en diversas escuelas y se convirtió en una importante pensadora con respecto al rol de la educación pública, llegando a participar en la reforma del sistema educacional mexicano. 

A partir de la década de 1920, Mistral tuvo una vida itinerante al desempeñarse como cónsul y representante en organismos internacionales en América y Europa. Recuerdo a mis padres que al hablar sobre ella con sus colegas, los otros maestros, hacían referencia a su origen humilde, que había trabajado en México en una de las tantas reformas educativas que nuestro sistema ha sufrido y en especial, haber sido la segunda persona latinoamericana en recibir el Premio Nobel en 1945. 

A uno de los maestros del grupo le gustaba recitar el poema “Riqueza” el cual dice, en su primera estrofa: 

“Tengo la dicha fiel

y la dicha perdida:

la una como rosa,

la otra como espina”.

El grupo (de mis padres y sus colegas) reunido en la pequeña sala del departamento en el que vivíamos, en la calles de Francisco Canal, esquina Guadalupe Victoria, guardaba respetuoso silencio durante el desarrollo de la declamación y aplaudían muy estruendosamente al terminar el poema. 

Todos tenían algo que aportar a la biografía, al trabajo diplomático o al desempeño pedagógico de la señora Mistral. Eran reuniones muy enriquecedoras de conocimiento. Recuerdo muy bien que las rondas para tomar la palabra, eran muy respetadas y no interrumpían a quien estaba disertando, a veces llegaban a no estar de acuerdo con lo expresado por alguien y esto provocaba unas discusiones excelentes porque eran las que verdaderamente enriquecían los tema. 

Por supuesto que estas reuniones tan intelectuales siempre estaban regadas con cocteles de whisky con agua mineral llamados High Balls, los cuales eran servido en vasos de cristal largos con adornos dorados y botanas preparadas por las maestras (esposas de los concurrentes). 

Yo ahora facilito unos talleres de lectura que me provocan estos recuerdos. En las sesiones del taller, leemos un libro, pero lo que verdaderamente enriquece los temas analizados son las intervenciones de los asistentes; también, a veces, las discusiones son tremendas cuando no están de acuerdo con alguno de los argumentos expuestos. Nosotros tomamos café con panecitos durante las reuniones (no quiero pensar qué pasaría si tomáramos licor). 

Regresando a la señora Gabriela Mistral, me impresionó que dirigió un liceo para niñas en el puerto de Punta Arenas, en el extremo sur del continente americano, el cual fue el primero a su cargo, su estancia estimuló la vida de la ciudad. 

Su mentor y quien la trasladara a dicha ciudad austral para hacerse cargo del Liceo N°1 de Niñas, fue el gobernador del territorio de Magallanes, general Luis Alberto Contreras y Sotomayor. 

Su apego a Punta Arenas también se debió a su relación con Laura Rodig (quien era una escultora, pintora, ilustradora y pedagoga chilena), que vivía en aquella ciudad. Pero la escritora (Mistral) no soportaba el clima polar. Por eso, pidió un traslado, y en 1920 se mudó a Temuco, desde donde partió en ruta a Santiago al año siguiente. 

Durante su estancia en la Araucanía conoció a un joven llamado Neftalí Reyes, quien se haría famoso con el nombre de Pablo Neruda. Y el 23 de junio de 1922, en compañía de Laura Rodig, vino a México en el vapor Orcoma, invitada por el entonces ministro de Educación, José Vasconcelos. Aquí permaneció casi dos años, trabajando con los intelectuales más destacados del mundo hispanohablante. 

Estuvo hospedada en la hacienda de El Lencero (Veracruz), en el lugar tienen un pequeño museo muy interesante para visitar. Ojalá, usted vaya amable lector. 

Me quiero despedir con una muy bella frase de esta señora maestra: “Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra”.  

GRACIAS

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