Cooperación pa´la vigilancia
Es viernes y es la hora de la siesta.

Bochornoso día. Alguien ataca mi timbre a lo bárbaro. “Los Hunos o los otros”, pensé. Al tercer timbrazo salgo hecha una furia, como cualquier persona a quien fastidian en su propia casa a timbrazo limpio... 


- ¿Qué desea usted?... 

- La cooperación “pa’ la vigilancia”... 

- ¿De qué corporación es usted?, ¿quién lo contrató?, ¿puede mostrarme sus credenciales de la corporación a la que pertenece?, ¿cómo se llama?... 


Lo interrogo también a lo bárbaro, pero es inútil...

El individuo es el modelo “doble nalga”, que usted conoce: ese que tiene la pompa trasera natural y, al frente, del esófago hasta el final del cinturón, otra nalga doble. Viste una especie de uniforme que algún día fue azul, pero no estoy segura. Malencarado y prepotente. Lépero de barrio y masca chicle. Y habla golpeadito: 

“Cooperación pa’ la vigilancia”. Dígalo usted en tono chilango, pero en corriente, (porque hay chilango de catego, no se crea).

Me dio miedo. 

Mis vecinos y yo tardamos años y felices días en librarnos de los “veladores” o “vigilantes”. Primero del hombre del caballo flaco a quien conocí a principios de los años 70 en el Fraccionamiento Reforma y a quien seguí mirando, en el mismo caballo flaco, durante todos los años 80 y 90 ¡hasta el Floresta! 

Luego nos libramos del hombre de la bicicleta roja. A finales del año anterior logré librarme de un muchachito también malencarado que llegó a “cobrarme” la cooperación para las cámaras de vigilancia que un grupito de vivales había instalado en mi fraccionamiento, sin las necesarias firmas de los vecinos, porque le juro que no firmé maldita la cosa, cuando leí que teníamos que pagar 900 pesos al mes por la dichosa vigilancia. 

Ni madres, dije. Me compro un perro guardián o de plano, pido permiso para otra pistola, rifle de postas o lo que sea... ¡Novecientos pesos!. Están perdidos... 

Pero, por favor que alguien me diga: ¿el individuo que pide la cooperación pa’ la vigilancia está, realmente, cobrándome “derecho de piso”? 

¿Derecho de banqueta?

¿Derecho a vivir en paz en mi propia casa?

¿Me cobra la cooperación para borrar mi domicilio de la lista de los que pueden ser asaltados?

Sencillamente pasan “a ver que pescan” y los incautos vecinos que caen quedan atados para siempre jamás, pagándole a quien no conocen ni saben quién es o si realmente vigila o nomás pasa los viernes a pedir la “cooperacha”. 


- ¿Gusta cooperar?... 

Así dicen los disfrazados de inmigrantes que lo asaltan a uno a la plena luz del día en las esquinas de los semáforos, sucios a propósito, con gorras y ropa vieja y una mochila zarrapastrosa en la espalda, haciendo la seña universal de “un taco”, es decir, los dedos juntos dirigidos hacia la boca, como si tuvieran hambre de verdad... 

¿Del modelo “doble nalga” y del modelito “inmigrante”, quién me defiende?. 

Y más tarde, ¿quién va a defendernos del policía analfabeto que tendrá derecho a “intervenir” sin orden judicial a su persona o a su domicilio? 

Furiosa, pero también asustada, se me estropeó toda la tarde y el fin de semana. Para consolarme, saqué mis viejos y nuevos libros de Derecho y me puse a repasar “el espíritu de la Ley” pero también me puse a pensar en que, a quienes tienen la obligación de aplicarla, no se les nota el espíritu, pero tampoco se les nota que sepan algo de Derecho: pasan de choferes y reinas de baile a diputados, senadores, jueces, magistrados, notarios, alcaldes y cosas peores sin tocar baranda, como Cantinflas diría... 

Y luego le cuento, porque en este momento me largo a echar pleito a dos individuos que, en domingo, están instalando fibra óptica, según me dijeron y acaban de masacrar una rama de mi almendro, al que cuido con amor hace veinte años... 

Y sí, también voy a buscarme un perro pero grande... 

Y nada más... 

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