Querido amigo:
Con afecto para el doctor Regino Franco Abaroa.

Decía el escritor francés: Gustav Flaubert:

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; 

antes, al contrario, la hacen más profunda. 


Hoy, tu prematura muerte trajo a mi memoria, la muerte de mi padre que, como la tuya fue, injusta y temprana. ¿Sabes algo? En días pasados visité su tumba y la encontré tristemente abandonada, muy abandonada …Si esa era la tumba que con tanto esmero cuidó mi madre, mientras tuvo vida… Luego de su muerte, los tres hijos nos alejamos de aquel querido terruño: Xalapa, y la tumba poco a poco cayó en el olvido…. En el olvido de todos… Te contaré algo, porque creo que en ocasiones los vivos aun podemos charlar con quienes se nos han adelantado en el camino. 

Su muerte sucedió en la madrugada del 13 de julio de l968, no obstante, para mí siento que fue apenas ayer. Aquel funesto día, él había trabajado en la Delegación del IMSS en Orizaba y seguramente regresaba a Xalapa, a casa, cansado. Muy cansado. Quizá… solo quizá, fue una pestañada, pero perdió el control del carro, de tal modo que cayó al fondo de un negro y profundo barranco. Al amanecer unos campesinos lo encontraron ya sin vida y dieron aviso a las autoridades. 

Fue a media mañana de ese sábado, cuando su secretaria me llamó a México, diciendo: “Tu papá tuvo un accidente en la carretera…”. No quise saber más y me fui a Xalapa. Intuía el resto del mensaje inacabado. Intuía el dolor de mi madre y de mis dos hermanos menores. Solicité retirarme del hospital y salimos de prisa. Con nosotros viajaba mi tía Alicia, hermana menor de mi padre. Cuando llegamos a Apizaco, Tlaxcala, y me dijeron “tienes que comer algo” ¿Comer? ¿Quién come cuando se vive una angustia así? Ya en el restorán, mi tía me confirmó la noticia. Mi padre había muerto. No sé si lo sabía desde el principio o lo presentía. Solo sé que, como máquina, fui al baño y cambié mi ropa blanca de hospital, por la negra, símbolo de dolor y pérdida. Recuerdo la llegada a casa: estaba llena de personas, pero en ese momento no supe quiénes eran ¿Importaba acaso? El doctor Horacio Díaz, dirigía todo: mi madre… mi madre parecía una autónoma y mis hermanos eran muy chicos todavía. Decidieron trasladar el féretro al IMSS, ya que mi padre era el delegado fundador. Accedimos a todo.

Al día siguiente, acudió tanta gente al sepelio… Recuerdo el paso lento de la carroza, por la calle de Enríquez… Recuerdo el respetuoso silencio de la gente… el llanto contenido de amigos y pacientes… Recuerdo haber llegado al entonces Sanatorio Macuiltépetl, construido por él, para dar cobijo a los pacientes enfermos del pulmón: a los tuberculosos; la valla que le hicieron sus pacientes: sus niños a los que tanto amaba, las enfermeras y los médicos. Recuerdo haber sentido un horrendo escalofrío al ver la fosa abierta en espera de sus restos. La habían cavado justo en el sitio de su predilección: en lo alto del sanatorio, ahí donde una sencilla fuente tenía en blancos azulejos, la oración preferida del pobre de Asís: San Francisco:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz: 

donde haya odio, siembre yo amor, 

donde haya ofensa, perdón, 

donde haya discordia, unión, 

donde haya error, verdad, 

donde haya duda, ponga yo fe, 

donde haya desesperación, esperanza, 

donde haya tinieblas, luz, 

donde haya tristeza, alegría.

Lloraban. Muchos lloraban, menos yo, era la hija mayor y, en ese momento, el apoyo de mi madre y mis hermanos.

Tiempo después, mi madre diseñó su tumba. La tumba de aquel quien fuera su único y gran amor. Su amor por siempre y para siempre. Es una tumba sencilla, solo unos cuadros de cantera burda, cubriendo el área. Quiso, como señal de ese amor eterno, poner en la cabecera, una pequeña columna de mármol, coronada por un mechero de bronce que ardiera por siempre y para siempre. Todos estos gastos, amén de la instalación de gas para que ardiera siempre la llama en el mechero, los sufragó mi madre con el dinero de su exigua pensión. Solo que un malandrín se robó el mechero, claro, era de bronce y valía buen dinero.

Inútilmente mi madre habló con todos y cada uno de los directores de la Secretaría de Salud, todos sin excepción prometieron restituir el mechero que tanto significaba para ella… pasaron los días, los meses y los años y un día entre los días, ella también se fue… seguramente quiso alcanzarlo y seguir a su lado. Desde entonces, yo he pedido a nombre de ellos dos, se restituya el mechero… pero nada… la tumba sigue cada día más olvidada.

Recientemente me llamaron para cambiar sus restos a la llamada Rotonda de los Hombres Ilustres de Xalapa, pero ni mis hermanos ni yo, aceptamos dicho traslado. Quiero pensar en la cara que pondría mi padre o quizá en sus sonoras carcajadas al saber que lo quieren cambiar de “su lugar favorito” a esa rotonda… Creo que preferimos sus tres hijos recordarlo bajo la sombra de las araucarias, de las magnolias en flor, escuchando el murmullo de viento entre los árboles, el trino del cenzontle, de la primavera o vuelvo zigzagueante del inquieto colibrí y contemplando tristemente que su amada Xalapa, ya no es la de antaño, donde él vivió y creció. A esa la ha engullido la modernidad.

Gracias a las autoridades actuales que han pensado en el cambio… Gracias, en verdad, pero mejor dejemos que mi padre desde donde esté, siga velando no ya a sus enfermos tuberculosos –aunque continúa habiendo muchos, muchísimos, más de lo que se piensa o dice- sino ahora a los pacientes oncológicos, a los que son víctimas del cáncer, como tú lo has sido desafortunadamente…

Descansa tranquilo padre, mientras tus hijos vivan, nadie moverá tus restos. Eso sí, nos gustaría que cuantas veces te visitemos, esté limpia tu tumba, y se haga el remplazo del mechero que en vida te hizo mi madre, en su lugar de siempre, de donde nunca debió ser arrancado. Y yo termino de leer tu oración predilecta:

¡Oh divino Señor!

Permíteme que no busque ser consolado, 

sino consolar, 

no ser comprendido, sino comprender, 

no ser amado, sino amar. 

Porque es dándose como se recibe, 

es olvidándose de sí mismo, como nos encontramos, 

es perdonando, como se nos perdona, 

Y es muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Te seguimos amando, padre, como ayer, como ahora, como siempre.

Regino: sé que muchas veces la muerte es mejor que una vida con dolor. Descansa amigo, los que te quisimos, seguiremos orando por ti y por la resignación de tu familia. Con afecto para todos ellos: 

Alicia Dorantes

¿tu reaccion?

conversaciones de facebook